El silencio de la mansión Miller se sentía como una tumba. Habían pasado seis horas desde que el velo de encaje quedó abandonado en aquel camerino de la catedral, y cada minuto que pasaba era un clavo más en mi cordura. Salí de la iglesia quemando llantas, ignorando los gritos de Richard y las amenazas de Erick. No me importaba el escándalo; solo me importaba ella.
Conduje como un maníaco por todo Manhattan. Mi primera parada fue el pequeño apartamento que Ava solía usar como refugio cuando que