El otoño había teñido las colinas de la Toscana de un dorado cobrizo y un rojo profundo. La villa de los King respiraba una calma inusual esa tarde. En el jardín, el pequeño Elias, que ya correteaba con paso firme, intentaba imitar los saltos de Custode, mientras Valeria, sentada en el banco de piedra con su guitarra, tarareaba una melodía suave, vigilando al niño con el instinto protector que ya era parte de su esencia.
Dentro, en la calidez del salón principal, Ava descansaba en el sofá con l