El eco del órgano en la Catedral de San Patricio martilleaba mis sienes como una sentencia de muerte. El olor a incienso y a flores blancas, que debería haber sido el preludio de un compromiso sagrado, se sentía ahora como el aire viciado de una cripta. Estaba de pie en el altar, justo detrás de Erick, cumpliendo mi papel de padrino con una rigidez que me hacía doler los huesos.
Erick se ajustaba los puños de la camisa cada treinta segundos, su impaciencia transformándose en una furia contenida