Ava terminó de abotonarse la camisa con dedos que todavía temblaban, no solo por la resaca y la falta de aire en el armario, sino por el rastro de calor que los labios de Lucas habían dejado en su piel. Se miró al espejo un segundo; sus ojos verdes estaban encendidos y su labio roto parecía una marca de guerra. Sin decir una palabra más a Lucas, salió de su habitación, caminando descalza por el pasillo alfombrado hasta llegar a la puerta de Amado.
Lucas la siguió a una distancia prudencial, con