El sol de la mañana en la casa de campo iluminaba el porche de madera, donde Lucas intentaba concentrarse en unos informes legales, aunque su mente seguía atrapada en la habitación de Ava y en el peso de la noche anterior. El sonido de unos pasos rápidos lo sacó de sus pensamientos. Era Amado, que se acercó con una sonrisa radiante y un balón de fútbol bajo el brazo.
—¡Lucas! —exclamó el niño, sentándose en el escalón junto a él—. Papá y Beatriz se fueron al pueblo a ver lo del banquete de la b