Al día siguiente del mágico encuentro en el acuario, Leila se encontraba de pie detrás del mostrador de madera, con los brazos enharinados hasta los codos y la frente perlada de sudor.
Con la delicada y costosa cirugía cardíaca de la pequeña Emily a solo unas semanas de distancia, Leila sabía perfectamente que tenía que esforzarse al máximo, doblando turnos y agotando sus fuerzas, para obtener cada dólar que pudiera hasta entonces.
Afortunadamente, el destino parecía estar dándole un respiro