El impacto de las palabras del oficial aún resonaba contra las paredes frías de la habitación como un eco siniestro, pero la mente de Leila operaba en una dimensión distinta, ajena por completo a las esposas metálicas que amenazaban con cerrar el cerco sobre sus muñecas.
«Mi hija necesita que esté aquí... Así que me quedaré con ella. Que se pudran estos hombres que intentan controlarme», pensó Leila con una furia sorda y desgarradora, sintiendo cómo un fuego salvaje y visceral le encendía las