El escolta, cuya figura imponente dominaba la entrada, no pudo evitar dejar escapar un suspiro exasperado y profundo.
Dio un medio paso hacia atrás, masticando su frustración, pero sin atreverse a romper el momento de forma violenta.
De todas maneras, Derek era consciente de que no habría forma de despegar a Leila del lado de su hija.
Ella lo ignoró por completo, volviendo a volcar toda su alma en la pequeña que la miraba desde la cama con una fe ciega e inquebrantable.
—¿Puede mamá decirle a