El crujido sordo de la puerta al abrirse dio paso a un silencio casi místico, denso y sagrado, que parecía congelar el tiempo dentro de aquellas cuatro paredes blancas.
El murmullo rítmico y pausado del monitor de constantes vitales marcaba el pulso de la estancia con un pitido constante, un eco metálico que era, al mismo tiempo, el sonido más hermoso y aterrador que Leila había escuchado en toda su vida.
Al cruzar el umbral con pasos temblorosos, Leila se encontró con la imagen que tanto habí