—¡Gracias, mami! —exclamó Emily, dando un brinco de pura alegría que hizo que sus dos coletas se sacudieran con un entusiasmo contagioso.
La cocina de la panadería se transformó de inmediato en un escenario de juegos.
Leila, con una sonrisa que lograba disipar por un momento las sombras de sus constantes preocupaciones, se adentró en el lugar de los hornos y buscó un taburete de madera que solía usar para alcanzar los estantes más altos.
Lo arrastró con cuidado hasta la mesa de trabajo princi