El tiempo dentro del hospital no se medía en minutos ni en horas, sino en la pesadez estancada de las paredes estériles y el olor antiséptico que calaba hasta los huesos.
Habían pasado más de seis horas desde que Leila cruzó atropelladamente las puertas de emergencias detrás de la camilla de su hija, y exactamente cinco desde que el cirujano de guardia había entrado al quirófano para iniciar la operación cardíaca de urgencia de Emily.
Aunque la intervención quirúrgica estaba programada para l