El callejón parecía cerrarse sobre Leila, pero el miedo primitivo que amenazaba con paralizarla comenzó a transformarse en algo mucho más útil: una rabia incandescente.
No era la misma mujer ingenua y sumisa que Mike había enviado a prisión cinco años atrás.
El infierno de la cárcel le había enseñado a golpes que, cuando estás acorralada en un rincón oscuro, la única opción real es golpear primero, golpear fuerte y no mostrar piedad.
Leila pensó en Emily. Recordó la risa cristalina de su hija