Cada músculo del cuerpo de Leila se quedó en shock instantáneamente, y la sangre comenzó a rugir en sus oídos con la fuerza de una tormenta de nieve.
La temperatura de la habitación pareció descender hasta el punto de congelación en un solo parpadeo.
Las manos, que un segundo antes acariciaban con infinita ternura la frente de su pequeña Emily, se volvieron rígidas, frías y torpes.
Ahí estaba él.
El destino jugaba con una baraja marcada, y la peor de sus cartas se acababa de revelar en la pe