—Yo... Lo siento mucho —susurró Leila, sintiendo que las lágrimas le quemaban los párpados mientras bajaba la mirada—. Tienes razón, Delia. Debí haber sido mucho más cuidadosa.
La realidad era que la situación de Leila en aquel entonces, hace cinco años, había sido un completo infierno.
Acababa de enterarse de que el hombre al que amaba le era infiel con su propia mejor amiga, y ese mismo hombre le había tendido una trampa corporativa despiadada para meterla en la cárcel y lavarse las manos.