—¿Ese idiota se atrevió a despedirte? —preguntó Chris, deteniendo su caminata bajo la luz de una farola.
Su rostro se ensombreció y su mandíbula se tensó con una molestia evidente.
Leila lo miró de reojo, acomodándose el abrigo que él le había prestado.
—¿No se lo pediste tú? —le preguntó, arqueando una ceja con sospecha.
—Sé perfectamente que tengo una reputación de demonio, Tigresa, pero no he hecho más que ayudarte desde que te conocí. ¿Por qué demonios le pediría algo así a Frankie?
—Como