Leila vio a Chris emerger de entre las sombras del callejón y, por un instante, sintió que el aire se le congelaba en los pulmones.
No se lo podía creer.
¿Qué malditas probabilidades había de que ese hombre, el mismo magnate peligroso y arrogante que controlaba la noche de la ciudad, llegara en su rescate una vez más?
Parecía una especie de espectro invocado por su propia desesperación.
Una sonrisa burlona, gélida y afilada como una navaja, adornaba los labios de Chris, pero la rabia asesina