Cuando el imponente automóvil negro de Chris Laurie se detuvo frente a la fachada acristalada de la clínica, Leila miró a través de la ventanilla blindada y maldijo para sus adentros.
El corazón le dio un vuelco violento. El nombre del complejo médico resplandecía con letras de molde azuladas y, justo debajo, el apellido Bemont destacaba con una elegancia que a ella le revolvió el estómago.
—Mierda... De entre todos los hospitales de la maldita ciudad, ¿tenía que ser justamente este? —pensó, s