El aire en la oficina era tenso. Amatista despertó lentamente, sus pestañas revoloteando mientras trataba de enfocarse. Sus ojos recorrieron el lugar, deteniéndose en los rostros familiares. Massimo estaba de pie cerca de la ventana, Emilio recargado en el escritorio con los brazos cruzados, y Albertina se encontraba junto a la puerta, sosteniendo su teléfono con una sonrisa apenas perceptible. Enzo, sentado cerca del sillón donde descansaba Amatista, fue el primero en notar que había abierto l