Amatista acomodó con cuidado al bebé en la sillita del auto, asegurándose de que todo estuviera en su lugar. Aún sentía el cuerpo dolorido tras el parto, pero nada importaba más que la seguridad de sus hijos. Roque, con movimientos rápidos y precisos, colocaba al otro bebé en la silla contigua, sus ojos vigilantes revisando los alrededores. Aunque habían pasado solo unos días desde el parto, Amatista no podía evitar la sensación de que el peligro seguía acechándolos.
—Gracias por todo, Roque —m