El ambiente en la mesa se había tornado denso desde la partida de Enzo. Amatista no había dicho nada, pero la inquietud que la invadía era evidente. Sus manos jugaban con el borde de su servilleta, sus ojos se movían de un lado a otro sin enfocarse en nada en particular, y cada tanto se mordía el labio con nerviosismo.
Emilio, que la conocía bien, la observó con atención antes de preguntar con seriedad:
—¿Tú también sientes que algo anda mal?
Amatista levantó la vista y lo miró. No había necesi