La noche había caído sobre la mansión Bourth, envolviendo la propiedad en un silencio pesado. Enzo cruzó la entrada principal con pasos firmes, dejando atrás el gélido aire nocturno. Sin detenerse a mirar a nadie, se dirigió directamente a su oficina. Cerró la puerta tras de sí, buscando la soledad que solo esas cuatro paredes podían ofrecerle.
Un leve golpeteo interrumpió sus pensamientos. Roque apareció en el umbral, sosteniendo una pequeña caja de terciopelo.
—Aquí están los anillos, jefe. —