El reloj marcaba las tres de la madrugada cuando Amatista se removió entre las sábanas, sintiendo una calidez familiar envolviéndola. Su cuerpo estaba entrelazado con el de Enzo, quien ya estaba despierto, observándola con esa mirada intensa que siempre la hacía sentir atrapada en su órbita.
Parpadeó varias veces antes de soltar un suspiro perezoso y enterrarse más contra su pecho.
—Mmm… ¿qué hora es? —murmuró con voz adormilada.
—Muy temprano para que despiertes —respondió Enzo con calma, desl