El sol se filtraba por las cortinas de la habitación cuando Amatista abrió los ojos, sintiendo el calor de la mañana acariciar su piel. Se estiró perezosamente entre las sábanas y miró el reloj en la mesita de noche. Casi eran las diez.
Bostezó, girando en la cama con la intención de buscar a Enzo, pero al alargar la mano solo encontró el espacio vacío. Frunció el ceño, todavía medio dormida, preguntándose dónde estaría, aunque no tuvo mucho tiempo para procesarlo.
La puerta se abrió y, como si