El silencio en la suite del hotel era absoluto, roto solo por el leve crujido del cuero del sillón cuando Enzo se inclinaba hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas. Frente a él, una pantalla plana mostraba un informe detallado, compilado por la red de inteligencia que ahora se extendía como una telaraña venenosa sobre Montresaa y más allá. Roque permanecía de pie cerca de la ventana, su presencia una sombra sólida y expectante.
—Desaparecieron —dijo Enzo, su voz no era más que un