La luz de la mañana se filtraba a través de las cortinas de la habitación principal de la mansión Bourth, iluminando suavemente a Amatista mientras se estiraba con pereza. Su movimiento no pasó desapercibido para Enzo, quien, con una sonrisa traviesa, deslizó sus manos hasta su abdomen, provocándole suaves cosquillas.
—¡Amor, detente! —dijo entre risas, intentando apartarlo, aunque sin mucho esfuerzo.
—No puedo evitarlo, gatita —respondió Enzo con una sonrisa satisfecha—. Me encanta verte reír