La mañana siguiente, Amatista despertó en su habitación del Club Le Diable. La oscuridad de la noche anterior había quedado atrás, y aunque su cuerpo aún estaba débil por la fiebre que la había aquejado, el sonido de las cajas y las pertenencias que habían llegado durante la noche la hicieron levantarse. Santa Aurora y la mansión estaban cada vez más lejos en su memoria, y la necesidad de organizar su nueva vida en ese refugio se hacía más urgente.
El pequeño armario del club no le permitía muc