La risa de Amatista era una burbuja de luz que intentaba, sin éxito, ahogar la punzada de frustración que llevaba en el pecho desde la noche anterior. El pequeño cartón plastificado del registro de conducir ardía en su bolsillo, un triunfo agridulce. Quince intentos. Quince fracasos que, ahora sabía, habían sido orquestados con la meticulosidad de un general planeando una campaña. Su general. Su obsesivo, posesivo y absolutamente irresistible marido.
«Lo hice por tu seguridad, Gatita. Porque me