ISABELLA
El dolor no desapareció al día siguiente. Ni al otro. Ni al otro. Seguía ahí, instalado en mi pecho como algo vivo, algo que respiraba conmigo y me recordaba cada pocos segundos que Damián no me amaba. O peor. Que nunca lo había hecho.
Abrí los ojos antes del amanecer después de otra noche horrible. Había dormido apenas un par de horas, pero ya no soportaba seguir encerrada entre aquellas paredes, entre aquellas sábanas que todavía olían a él.
Así que me levanté sin pensar demasiado. M