ISABELLA
Aparté lentamente las manos de mi rostro.
Lo miré en silencio, esperando que en cualquier momento sonriera, me abrazara y me dijera que todo aquello era una estupidez. Que estaba asustado. Que Sarah había logrado sembrar dudas, pero que nada de eso cambiaba lo que sentía por mí.
Pero Damián no sonrió.
No me abrazó.
No me besó.
Solo me miró con una expresión de dolor que, en ese momento, confundí con culpa.
—Mira… —continuó él con voz ronca—. Intenté llevar esto lo más lejos que