Elena bajó la cabeza, y antes de que sus labios se movieran yo ya sabía cuál sería la respuesta.
—No —fue apenas un murmullo, un susurro que se escapó entre sus labios casi cerrados.
La palabra me atravesó como un cuchillo. Dolió más de lo que debería, porque una parte de mí, la más ingenua y desesperada, aún conservaba la esperanza absurda de que Emir lo supiera. Esa ilusión habría explicado su desinterés, su desconexión absoluta conmigo. Él me crió, cumplió con su obligación de padre, estuvo