HEKTOR
No pegué el ojo en toda la noche, el hostal en el pueblo de San José del Pacífico tenía el encanto de una cabaña rústica, pero la cama se sentía como una tabla y el frío de la sierra se colaba por las rendijas de madera. A las siete de la mañana ya estaba de pie, bebiendo un café negro que saba feo y esperando a que Bruno terminara de revisar su teléfono.
—Tu madre ha llamado tres veces, Héctor. Klaus dice que ya no sabe qué inventar en Berlín —dijo Bruno, lanzándome una mirada de advert