REBECA
El sonido de la puerta golpeando la pared me paralizó el corazón. Durante meses había imaginado este momento como una pesadilla distante, pero ver a Héctor parado ahí, con el abrigo cubierto de neblina y los ojos rojos, lo hizo brutalmente real. Mi primera reacción fue cubrirme el vientre con ambas manos, un gesto instintivo que solo sirvió para confirmar que él ya estaba devorandome con la mirada.
—¡Lárgate de aquí, Héctor! —gritó Majo, interponiéndose entre nosotros—. ¡No tienes derech