Mundo ficciónIniciar sesiónREBECA
El alcohol me martilleaba las sienes, pero el deseo que emanaba de Héctor era un imán mucho más potente que cualquier mareo o rastro de sensatez. Me quedé de pie junto a la cama, con el pecho subiendo y bajando en espasmos erráticos, observando cómo se deshacía de su camisa negra con una lentitud tortuosa, casi sádica. Sus ojos grises no me soltaban; eran dos tormentas eléctricas que me anclaban al suelo de la suite.







