REBECA
El frío de Berlín se filtraba por las paredes de piedra de la Catedral, pero yo no sentía nada más que el sudor en mis manos. Majo me estaba terminando de ajustar el velo de encaje, mirándome a través del espejo con los ojos llorosos.
—Estás increíble, Rebe —susurró Majo, dándome un apretón en los hombros—. De la sierra de Oaxaca a la catedral más lujosa de Europa. Si esto no es un bestseller, no sé qué lo sea.
—Siento que me voy a desmayar, Majo. ¿Viste cuántas personas hay allá afuera?