HEKTOR
—¡Salud, novios! ¡Y que viva el amor! —gritó Bruno, levantando su copa en la mitad del salón de recepciones.
—¡Que viva! —respondieron mis tías políticas a coro, chocando sus copas de cristal con tanta fuerza que por poco las rompen.
Sostuve a Rogelio Jr. en mis brazos y miré a Rebeca, que se acercó para recargar la cabeza en mi hombro. El banquete estaba siendo un éxito, los meseros se movían a toda prisa sirviendo canapés de caviar de beluga, tarta de salmón y trufa negra, mientras mi