REBECA
—¡Stein, dile a tu gente que ya llegaron los que le vamos a poner sabor a esto! —gritó mi padre, nada más cruzar el umbral del salón.
Héctor soltó una carcajada y le dio un apretón en el hombro a mi padre. Mi papá no se puso el traje plata brillante que había amenazado con llevar, pero sus botas de piel de avestruz y la hebilla de plata grabada con sus iniciales hacían que los aristócratas alemanes parpadearan.
—¡Bety! —Héctor exclamó al ver a su hermana correr hacia nosotros.
—¡Por fin!