—Shhh —susurró Calia, acariciando su nuca, con la voz ronca—. Está bien. Estoy contigo, amor.
El cuerpo de Aleckey aún temblaba sobre el de ella, el sudor bajando por su columna vertebral, su aliento agitado vibrando contra la garganta de Calia. No hablaba, no pensaba… solo estaba allí, atado a ella por la única certeza que le quedaba: su olor. Su luna. Su cachorro. Su hogar.
Calia no se movió al principio. No podía. Estaba envuelta por él, marcada, sudorosa, su cuerpo aún estremecido, pero lue