Asher estaba boca abajo, inmóvil. Su espalda era un mapa del castigo, surcada por líneas rojas y negruzcas, algunas ya formando costras, otras aún frescas, abiertas, respirando dolor. Encima, las hojas impregnadas de ungüentos ardían como brasas vivas al contacto con su carne, pero él no decía nada. Ni un quejido, ni una maldición. Solo su respiración, pesada, irregular, era la prueba de que aún no se había rendido.
Su compañera, Luz lo observaba desde el suelo, con las rodillas cubiertas de ti