Oscuridad.
Eso fue lo único que conoció durante días.
Una negrura densa, pegajosa, como lodo cubriéndole el alma. No soñó. No pensó. Solo cayó… y siguió cayendo. Sin fin.
Hasta que el dolor la trajo de vuelta.
Un ardor punzante en la garganta. Una presión incómoda en el pecho. Y la sensación de que su cuerpo ya no le pertenecía.
Calia abrió los ojos de golpe.
La luz blanca del techo la cegó por un instante, y cuando intentó moverse, un pitido agudo estalló en sus oídos. Las máquinas que la rode