Los brazos de Aleckey envolvían a Calia, protegiéndola de la tenue luz que se filtraba por el ventanal. Ella tenía el rostro hundido en su torso desnudo, disfrutando de su olor y, sobre todo, del calor de su cuerpo, una barrera firme contra el frío exterior.
Un suspiro escapó de sus labios antes de removerse entre los brazos de Aleckey. Él abrió los ojos y la estrechó más contra sí.
—Buenos días, mi luna —ronroneó, moviéndose para quedar sobre ella.
Calia pasó ambos brazos alrededor de su espal