No podía ser posible. Calia lo pensaba mientras el silencio se extendía como un manto espeso y sofocante después del reclamo de Dimitri.
La monja Aria permanecía paralizada, con el rostro desencajado, observando cómo aquel hombre avanzaba con ojos brillantes de posesividad, su presencia emanando una autoridad feroz y salvaje.
—¡No te le acerques! —bramó Calia, interponiéndose entre ambos con los brazos extendidos, como un escudo desesperado.
Un gruñido profundo, gutural y primitivo emergió del