—¿Te incomodé? —preguntó Zadkiel de pronto, soltándola por completo. Su voz era casi un susurro.
Briella negó con la cabeza, pero al recordar que él no podía verla, lo dijo en voz baja.
—No… no me incomodaste.
Silencio.
El viento sopló con suavidad, moviendo una de las mechas sueltas del cabello de ella, Zadkiel alzó la mano lentamente y, sin tocarla aún, esperó. Briella no se apartó. Entonces sus dedos acariciaron el mechón, lo retiraron del rostro con delicadeza, y luego descendieron con un t