Cuando Aleckey cruzó la puerta de la habitación, Calia dormía profundamente. El cabello revuelto se esparcía sobre la almohada como un velo blanco, y a su lado, el pequeño Zadkiel descansaba envuelto en una manta cálida, con los labios entreabiertos y la respiración tranquila.
Aleckey cruzó la habitación sin hacer ruido. Se detuvo frente a la cama y observó a los dos seres que daban sentido a cada una de sus mañanan. Luego, con una ternura que contrastaba con la fiereza que había cargado durant