—¿Le puedo decir algo, Corinne? —preguntó Alastair mientras caminaban juntos por un sendero improvisado en medio del bosque. Sus pasos crujían apenas sobre las hojas secas, y el aire matinal olía a tierra húmeda y savia.
Corinne, que recogía con delicadeza un poco del costado de su vestido para cruzar un pequeño riachuelo sin mojarse, asintió con una sonrisa leve y tranquila en los labios.
—Por supuesto —masculló, sin detenerse.
Alastair la observó en silencio unos segundos, como si buscara la