Al amanecer, cuando el cielo aún era una mancha naranja, con la promesa del inicio de un nuevo día, los cincuenta hombres se reunieron al borde del bosque. El aire era denso, cargado de la humedad de la bruma, que se arrastraba entre las raíces como una criatura viva. La tierra olía a musgo, a corteza mojada, con una tensión que se respiraba en cada pecho, que hacía vibrar cada músculo de los lobos allí presente.
Aleckey lideraba la marcha. Alto, imponente, vestido con pieles oscuras y la mirad