—Soñé con Draven —dijo Aleckey finalmente, su voz grave, firme, sin titubeos.
La sala de reuniones de la mansión era silenciosa. Apenas el crujir del fuego en la chimenea llenaba el ambiente con un eco tenue. Aleckey estaba de pie, frente al ventanal que daba al bosque, las manos detrás de la espalda, los hombros tensos como si soportara el peso de cien decisiones. A sus espaldas, los cinco betas que conformaban el círculo más cercano.
Los hombres intercambiaron miradas. Era sabido que los alfa