—Tú… —dijo con un hilo de voz áspera, al mismo tiempo que sonreía de forma torcida, Calia retrocedió instintivamente, colocando una mano sobre el coche de Zadkiel.
—Astrid… ¿qué haces aquí?
La mujer dio un paso hacia adelante, su cuerpo temblando. Sus ojos brillaban con un resentimiento tan feroz que parecían dos brasas encendidas. Su risa, seca y quebrada, resonó en los setos, rebotando como un eco maldito.
—¿Qué hago aquí? ¿Tú me lo preguntas? Después de lo que me hiciste, ¿te atreves a habla