—Levántate —ordenó el rey alfa con voz grave, sin rencor.
El calabozo estaba sumido en un silencio sepulcral, apenas interrumpido por el goteo intermitente del agua que caía desde las grietas del techo. El hedor era insoportable: tierra húmeda, excremento, sangre seca. La luz de la antorcha proyectaba sombras temblorosas contra los muros de piedra, y entre esas sombras, un hombre encorvado apenas respiraba. Taylor, cubierto de lodo, orina y su propia desesperanza, alzó apenas el rostro al oír l