Calia no había pegado el ojo. Seguía sentada en el borde de la cama, con los pies descalzos sobre el suelo frío, abrazando con cuidado al pequeño Zadkiel, que dormía profundamente en su regazo. Cada cierto tiempo, ella lo alzaba, lo besaba, olía su coronilla, buscando consuelo en la inocente presencia de su hijo, como si eso bastara para no derrumbarse tras el rechazo cruel de Aleckey.
El golpe en la puerta fue suave, respetuoso.
—¿Luna Calia? —dijo una voz femenina al otro lado—. Soy la doctor