El cuerpo desnudo de Aleckey seguía caliente junto a su luna. Calia tenía la cabeza descansando sobre su amplio pecho, escuchando el ritmo poderoso y constante del corazón del rey. Sus dedos jugaban perezosamente sobre su piel curtida, mientras Aleckey dibujaba pequeños círculos en su espalda con las yemas de los dedos, reconfortándola.
La calma parecía absoluta. El mundo fuera de esa vieja cabaña de madera simplemente no existía.
—Podría quedarme así para siempre —murmuró Calia, su voz un sus